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Prólogo  por José Molina Blázquez

HASTA DONDE LA MEMORIA ALCANZA

 

       Reconstruir una existencia, por muy singular y destacada que haya sido, no deja de ser, sin lugar a dudas, todo un ejercicio arriesgado de interpretación de los datos objetivos, de simulación de las situaciones entrevistas y de ejercicio virtual de reposición de una época, de unos personajes, de unos comportamientos.

 

      Estamos en un periodo de recuperación de la memoria histórica, de una época y de unos personajes convertidos en insignificancias, en excrecencias de un proceso histórico, escrito y magnificado por aquellos que resultaron vencedores tras consumar su traición al gobierno constitucional y a las leyes emanadas del Parlamento de la República.

 

      Reescribir la vida y el significado épico de algunos de estos vencidos ha sido, está siendo y será, la constante preocupación de familiares, compañeros, historiadores y estudiosos quienes con voluntad, informaciones contrastadas y mimbres históricos apenas reencontrados, han puesto manos a la obra y dado sentido y reconocimiento moral a la entrega y dedicación de muchos hombres y mujeres, militantes de las ideas sociales, del obrerismo, de la democracia, de las ideas progresistas. Hombres y mujeres, víctimas de las circunstancias dolorosas que alientan las guerras y también de la incultura, de la intolerancia, del caciquismo, del fanatismo.   

      

      Recuperar esas historias, es hacer la luz en zonas ensombrecidas de nuestra propia convivencia, es reconocer en voz alta, los fantasmas que tenían abducida a nuestra sociedad: el fanatismo religioso, la violencia del poder económico y social, el analfabetismo y la falta de educación, la miseria económica y social en la que se debatían amplios sectores de la sociedad de mediados del siglo XX.

 

      Es pues esta tarea, un compromiso de muchos, para evocar, aun estamos a tiempo,  la vigencia de no pocos, condenados al olvido por voluntad despechada de los vencedores.

 

     Amós Acero es el nombre del personaje que la memoria histórica ha querido rescatar de la indiferencia. Un militante destacado, pero un nombre más a destacar de la represión desatada al término de la guerra civil. Una figura señalada de un barrio obrero, del Madrid que resistió durante tres largos años el ataque de los fascistas, comandados por Franco. Un militante socialista que tuvo el honor de ser elegido democráticamente como el primer alcalde del antiguo pueblo de Vallecas. Un maestro que percibió como nadie la necesidad de hacer hombres y mujeres cultos, ilustrados. De combatir el analfabetismo, la ignorancia, el fanatismo religioso. Un trabajador honesto a carta cabal, una persona moderada en sus convicciones y un artífice de su historia. Desgraciadamente para todos nosotros, un tiempo de odios, de enfrentamientos irracionales, de injusticias manifiestas que se cebaron cruentamente sobre nuestro personaje.

 

     Apenas unas pequeñas líneas biográficas, una emocionante carta de despedida a su mujer y a sus hijos, algunas imágenes rescatadas del olvido desde la Casa del Pueblo de Puente Vallecas resultaban todo el compendio de cincuenta años de vida.

 

Un escaso equipaje, para alguien que había intervenido en la historia de Vallecas muy activamente, que había representado a los vallecanos desde su puesto de regidor municipal, que había dirigido al Partido Socialista local en los momentos más álgidos y que responsablemente, había tenido que administrar el ejercicio del poder en momentos de decisiones delicadas, de enfrentamientos fraticidas, de odios de clase, acumulado tras decenios de injusticias, de hambruna, de represión contra los más pobres e indefensos de nuestra sociedad.

 

    Amós Acero vivió su tiempo con una entereza y una dignidad que nos recuerdan, en su comportamiento, el temple del “abuelo”, tipógrafo y  fundador del PSOE, Pablo Iglesias.

 

Destacaba por su gran decisión y visión del momento político, por su persistencia a la hora de acometer los grandes proyectos, por su opción partidaria y formadora de equipos, por su gran honestidad personal y su tremenda honradez, que le fuera reconocida en vida, por amigos y enemigos.

 

Buena prueba de ello son los testimonios que se recogen en este trabajo  redactados por religiosas, empresarios, personas de “orden”, adictas al bando nacional, agradecidas por el comportamiento de Amos,  y que para nada fueron tenidas en cuenta a la hora de  su procesamiento y condena a muerte.

 

    Con todas esas importantes, pero insuficientes pistas Cástor Bóveda se prendó del personaje y tras cinco largos años de trabajo minucioso y preciosista- no se imaginan hasta que punto- logró juntar muchas de las piezas de ese gran puzzle de vivencias hasta presentarnos el primer retrato veraz, humano, político y entrañable de Amós Acero.

 

     Viajó al pueblo de Toledo, cuna de Amós. Asistió virtualmente a sus primeros pasos, a sus primeras letras, a las vicisitudes familiares. Reconstruyó con la inestimable ayuda de su hija Aurora y su sobrina, ahora residentes en Suecia, aspectos desconocidas de sus progenitores, de su madre, de sus primeros hijos. Su paso por la Escuela de Magisterio, su llegada a Madrid, su aterrizaje en Vallecas, su militancia política, su participación en las reivind¡caciones sociales del barrio, su compromiso con las instituciones democráticas.

 

     El estallido de la contienda civil colocó a nuestro personaje entre las cuerdas. Por una parte su innegable voluntad de respetar y hacer respetar la Ley y las instituciones. Por otra las dificultades inherentes al momento político que le tocaba vivir, las presiones e intereses de las diferentes voluntades políticas, urgidas por la guerra, los maximalismos de sus correligionarios y demás representantes de las izquierdas, los “quinta columnas” residentes en el barrio, el enemigo en ciernes, el de los militares sublevados y el de los fascistas de camisa azul y brazo en alto.

 

Pues bien, en ese periodo y hasta donde Castor Bóveda ha podido recomponer, se ha evidenciado la integridad moral, la ecuanimidad y el buen hacer de quien mantuvo hasta la caída de Madrid, la vara de mando del Ayuntamiento democrático de Vallecas (Puente y Villa de Vallecas).

 

     La detención, procesamiento, condena  y fusilamiento de Amós Acero, ha supuesto un ejercicio de rigor investigador, a partir de recuperar todo el expediente procesal del Tribunal Militar que finalmente le condenó, injusta y bárbaramente a la pena de muerte.

 

    Cuando finalmente el manuscrito había alcanzado el rigor y la densidad deseada, familiares de Amós facilitaron a Castor Bóveda, un álbum de viejas fotos familiares y un hatillo de cartas, anegadas por el tiempo y por las lágrimas. Documentación básica para, finalmente, rescatarle con dignidad del olvido y socializar, así lo hubiera querido él, su memoria.

 

    “Amós Acero, una vida por Vallecas”, es el trabajo de un periodista de investigación, de un escritor de vivencias literarias, de un poeta que ambiciona encontrase con el idealista, con el hombre sensible ante la miseria que le rodea, con el militante que busca responder con hechos a las demandas que en su entorno se plantea. Y es que todos esos rasgos son posibles de encontrar en la biografía, que no hagiografía de Amós Acero.

 

El autor del trabajo escribe no ocultando su admiración hacia el personaje, pero en esta ocasión, el contraste de informaciones, la estricta verificación de los hechos, la insuficiencia de los datos hace que, en muchos casos, se quede algo corto a la hora de enjuiciarlo.

    

Difícil descubrir la lírica en un panorama tan desolador como el evidenciado en la España del 36. Difícil, pero no imposible. Hay poesía en las escuelas racionalistas creadas en Vallecas, en las colonias veraniegas para los hijos de los trabajadores, en la pelea por la escuela pública con el párroco de San Ramón, don Emilio Franco. En la defensa del convento de las MM. Franciscanas, del colegio de la Divina Pastora o de las llamadas monjas Marianas ante una legión de alborotadores y demagogos que pretendían incendiar sus conventos, iglesias e  instalaciones escolares.. En la creación del Servicio Municipal de Beneficencia y de la Biblioteca Municipal.

 

La hay, igualmente, en el profundo pesar y sentimiento por los crímenes del tren de Jaén que fue asaltado en el apeadero del Pozo y que costó la vida a muchos inocentes. Hay poesía en la carta que con letra inglesa, caligráficamente perfecta, escribirá la noche antes de morir a sus seres más queridos.

 

    El autor ha buscado el perfil más humano, por normalidad, por cercanía a las sensibilidades del hombre y la mujer de la calle. El sentimiento menos político y por ello más pegado a las preocupaciones del vallecano de su tiempo.

 

Amós Acero es un pedagogo. Es consciente que su misión, además de ejecutar las decisiones políticas, para eso había sido elegido democráticamente, es también la de educar. La de facilitar herramientas del saber, del conocimiento para sacar a la gente de su ignorancia, de su dependencia de la superchería religiosa y moral a la que estaba sometida. Amós está intelectualmente cercano al Leviatán socialista, el que defiende la igualdad de todos los hombres, que se rebela contra la explotación de hombre por el hombre.

 

Su infancia fue un ejemplo de esfuerzo personal y de toma de conciencia progresiva de las injusticias que le rodearon, tanto a su familia como a sus convecinos. El trabajo personal, el sentimiento fraternal hacia sus semejantes, su generosidad para aquellos que le rodeaban evidencian la importancia y significación del ser social que representó Amós. Su encuentro con las cosas naturales de la vida, lo  convierten en un personaje cercano y real. Su juventud, su primer trabajo, sus estudios, los escarceos amorosos, la construcción del núcleo familiar, el amor a la familia, las apreturas económicas en una España carente de recursos, su dedicación ejemplar a la enseñanza, todo ello reflejo de una existencia, no por vulgar y cotidiana, menos extraordinaria.

 

Amós, padre de familia numerosa, maestro, activista social, diputado, alcalde, reo de los facciosos. Diferentes facetas del extraordinario personaje que vuelve a tomar cuerpo de la mano del investigador para erigirse en un monumento actual a la moralidad pública, al ejemplo político y a la recuperación de la memoria colectiva de las personas de bien de nuestra historia más reciente.

 

Alcalde democrático de Vallecas de 1931 a 1934, por votación popular, fue destituido de su puesto de regidor, por reacción de las derechas, asustadas por el brote revolucionario de Asturias y temerosas del protagonismo adquirido por nuestro personaje y por que no, como revancha del proceso judicial que les había planteado Amós Acero por cohecho y defraudación a los intereses de los vallecanos.   No volverá a asumir ese cargo hasta 1936, fecha en el que el triunfo del Frente Popular le restituirá en sus queridas obligaciones. En esas elecciones fue también elegido Diputado a Cortes Constituyentes, cargos que ostentaría hasta su detención en 1939 en el puerto de Alicante.

 

     Militante de la FETE ( Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza), se afilió en 1927 al PSOE, siendo firme propagandista de todo el movimiento de las escuelas racionalistas, las viejas escuelas laicas que pusiera en marcha el pedagogo Francisco Ferrer en 1921.

 

Amós, accedió a su trabajo como maestro en un panorama desolador para la escuela pública. En 1908, tan sólo funcionaban en Madrid 144  colegios públicos que atendían a 11.000 niños. Por el contrario 346 centros dirigidos por la Iglesia Católica reunían a más de 23.000 alumnos. Un 64,4% de la red de escuelas existentes en Madrid eran privadas.

 

     Amós se encontró con más de 30.000 niños sin escolarizar entre los 6 y los 12 años, un 50% de toda la población escolar madrileña. Escuelas en las que cada maestro debía atender a más de 100 alumnos, con una media de 64 niños por maestro.

 

     Con la educación en el punto de mira de su acción política, Amós se empeñó en 1911 en la creación de la escuela laica de la calle Pablo Iglesias en el Puente de Vallecas. Sólo 115 alumnos, agrupados en tres clases, sostenidos y financiados en los libros y materiales por la Sociedad de Oficios Varios y del Baluarte (metalúrgicos). Una escuela sin dogmas con la única finalidad de: “moldear a los ciudadanos, haciéndoles responsables en sus obligaciones y firmes en sus derechos”.    

 

    Fue el ejercicio de la docencia que nos reveló en él un ser especial. Valoración que pronto cundió entre muchos trabajadores y vecinos de Vallecas testigos de su eficaz actividad social, que sería refrendada en las diferentes citas electorales en este municipio independiente de Madrid. 

    

Hablamos de un periodo de reactivación social y de emergencia de las escuelas krausistas, de la Institución Libre de Enseñanza, de profesionales altamente motivados con la pobreza moral y el analfabetismo galopante que se enseñoreaba de nuestro país. Un periodo en el que florecieron escuelas y agrupaciones sindicales con una orientación progresista, lo que contribuyó a potenciar la enseñanza en Vallecas y a mejorar la figura denostada de los maestros de escuela.

 

Sólo en los años de la República, Amós triplicó el número de colegios públicos y generalizó las iniciativas pedagógicas que alcanzaron a una buena parte de los hijos de los trabajadores, elevando el listón educativo y abriendo las expectativas de estudios, profesionales y personales. Lástima que la Guerra Civil desbaratase ese gran esfuerzo propiciado en los cortos periodos de gobierno de la República.  

 

     En “la pequeña Rusia”, como así se conociera al municipio de Vallecas, antes y después de la contienda civil, Amós Acero tuvo la oportunidad de trabajar con legiones de familias trabajadoras, con una amplia corriente del pensamiento anarquista, socialista, republicano e incipiente comunista de la época.

 

     Por encima de las luchas fraticidas entre las diversas corrientes de la izquierda por dominar el espacio de la política, por controlar el rumbo de la guerra contra el fascismo, Amós Acero, como alcalde y militante socialista y ugetista, imprimió una práctica sosegada, defensora de la dignidad de la política, ajena a las diatribas entre opciones de familias políticas que transitaban en el PSOE: ni largocaballerista, ni prietista.

 

     Su política moderada, ajena a los extremismos ideológicos, vino a representar una norma de conducta para muchos de sus conciudadanos que vislumbraban en él un punto centrado de radicalidad, justo en esos momentos en los que era determinante una voz firme, pero al tiempo, con la capacidad y tono adecuado para reencontrar el camino de la cordura y el acuerdo político.

 

Respetuoso con las ideas ajenas, pero en todo momento consecuente con el origen del conflicto entre las dos Españas: la necesidad de administrar la cotidianidad y el deseo compartido por la mayoría de los vallecanos, de que la insurrección facciosa fracasase.

 

     La derrota de la IIª República y el temor de los vencidos a la venganza de los franquistas no era gratuita y aconsejó la huida fuera de España.

 

Ya en el puerto de Alicante, estando a la espera de un barco que nunca llegaría, Amós fue detenido y recluido en el campo de concentración de Albatera, junto al municipio de San Isidro, una antigua huerta de granados, ahora desértico, con altas alambradas que circundaban los 18.000 m2 de su extensión y unos potentes focos que hacían invulnerable el recinto carcelario.

 

Este reconvertido campo de concentración, fue construido en 1937, por las autoridades de la República que llegaron a concentrar 1.012 reclusos dedicados a tareas de construcción de caminos, obras públicas y a las recogidas de diversas labores del campo.

 

    En esta ocasión y junto con Amós otros, entre 18.000 y 20.000 presos, que representaban todo el abanico de ciudadanos y personalidades de todos los campos y profesiones que purgaban por su lealtad al legítimo Gobierno Constitucional.

 

Entre los presos que acompañaron a nuestro personaje, se encontraban el poeta Marcos Ana, el historiador Manuel Tuñón de Lara, el escritor Ángel Gaos, el que más tarde sería Presidente del Tribunal Constitucional de la Democracia, Manuel García Pelayo o periodistas como Manuel Villar, director de “Fragua Social”, Aselo Plaza, redactor jefe de CNT, el rector de la Universidad de Valencia, don Juan Bautista Pesen y Eduardo de Guzmán, Manuel Navarro Ballesteros, Director de Mundo Obrero, David Antona, Gobernador Civil de Ciudad Real, Antonio Trigo, Gobernador Civil de Madrid, Rafael Henche, Alcalde de Madrid, Jesús Rodríguez Vega, Secretario General de UGT, Herberto Quiñones, organizador del PCE después de la guerra y centenares de militares y políticos venidos de toda España y sufriendo en sus carnes los coletazos de la represión.

 

    Albatera fue una prueba muy dura, tanto para Amós, como para el resto de prisioneros que sufrieron la disentería, el paludismo, las diarreas y los estreñimientos, el hambre y la sed, el asedio de piojos, pulgas, chinches y mosquitos y las inmundicias de tanta concentración humana y de una alimentación precaria que repartía una pequeña lata de sardinas para 6 personas. Albatera fue clausurado en octubre de 1939, cuando los prisioneros fueron devueltos a sus lugares de origen y la represión física diezmó las necesidades penitenciarias. 

 

    Mientras Amós era víctima de la farsa legal que, ignorando todas las evidencias le paseaba de cárcel en cárcel, hasta llegar a ser dictada su sentencia de muerte, la represión se cebaba en su querida Vallecas.  

 

Miles de vallecanos encerrados entre las tapias del antiguo campo del Rayo Vallecano, esperaban el filtro y la represión de los tribunales franquistas, erigidos contra la masonería y el comunismo.

 

Muchos, como Amós, pagaron con su vida por el simple hecho de haber sido leales a la República. Otros, iniciaban su peregrinaje por penales, cárceles y trabajos forzados para satisfacer el ansia de venganza y la falta de escrúpulos de los vencedores. En las familias trabajadoras el miedo a la represión era evidente. Con alguno, sino todos los hombres huidos, se iniciaba un periodo de lucha por la supervivencia de muchas madres de familia, obligadas a sacar adelante a la prole, con el permanente temor a la visita de los matones, con las frecuente requisitorias para presentarse a dar cuentas ante el cuartel de la Guardia Civil, con los rapados de pelo, las dosis de ricino y el aislamiento de algunos vecinos, por miedo de ser tachados de rojos y desafectos al Régimen.

 

    Pese a esa cruda realidad, también vivida en otras muchas partes del país, en Vallecas se alimentó de manera soterrada pero eficaz, unos fuertes lazos de colaboración y apoyo que sirvieron de alimento moral para ese largo tránsito que representó la dictadura franquista. Está por escribir esa realidad de la dura posguerra y los lazos de solidaridad y apoyo mutuo que engendró la desesperación de los vencidos.

 

    En los primeros días de la posguerra, en noviembre de 1939. la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, como botín de guerra, ocupó la Casa del Pueblo, de la calle Concordia, que cinco años antes había construido la UGT  y en la que, tantas y tantas veces estuvo Amós como protagonista de asambleas, sesiones de trabajo y discusión de los socialistas vallecanos. La sede a pocos pasos de la Casa Consistorial de Puente de Vallecas, se verá “asaltada” por los vencedores, que con ayuda de un capellán castrense, exorcizará con agua “bendita” las instalaciones para liberarla de los malos espíritus, de la influencia de los rojos.

 

Después, en el Bulevar, todavía sin urbanizar y cubierto de tierra, celebrarán una misa de campaña con cientos de camisas viejas, banderas falangistas, requetés, bandas de trompetas y tambores  y las autoridades en pleno, presidido por el Jefe Provincial del Movimiento, Carlos Ruiz. Un acto para intimidar, para dejar constancia de quienes son los nuevos amos, para doblegar las ansias revolucionarias de muchos de los habitantes de este municipio de Vallecas.      

 

    Los relatos biográficos, tienen además del elemento recuperador de la memoria, una función didáctica destinada a las nuevas generaciones de ciudadanos y de políticos. Esta de Amós Acero, nos sorprende por su vigencia, por la capacidad de hacernos conocer al personaje, de vivir sus vicisitudes, de aprender de los errores y sobre todo, para hacernos fuertes y exigentes en cualquiera circunstancia de la vida.

 

    Amós Acero es un ejemplo político, un personaje que se hace querer y respetar. Uno más de los que dieron ejemplo con su vida de un proceso de entrega y generosidad hacia los más débiles, a los más machacados de la sociedad vallecana.

 

Amós Acero debiera ser recordado por las nuevas generaciones, como lo que realmente fue, un luchador, un entregado a la causa de la clase obrera, un socialista convencido de la validez universal de su ideología, de su mensaje vital, de la bondad de los hombres, aunque esa misma confianza le entregara a las manos de sus verdugos. Como dijera Antonio Machado: “Fue, en el mejor sentido de la palabra, bueno”.    

 

     En la última carta dirigida a su mujer y a sus hijos, horas antes de su fusilamiento es donde mejor denotamos esa categoría humana, ese talante de personaje consecuente hasta el final: “Estoy viviendo las últimas horas de mi vida y mi alma se va tras de vuestro recuerdo para llevaros toda la grandeza de mi cariño.

He tenido mala suerte; no ha servido la limpieza de mi vida y la nobleza de mi ejecutoria, para impediros este desenlace de dolor y lágrimas.

Me voy del mundo con la satisfacción y el orgullo de haber cumplido con mis deberes, sin daño ni quebranto de nadie. Sembré el bien por doquier hasta entre mis adversarios. La vida me recompensa así. Me siento orgulloso de encontrarme superior a los demás. Sentid también vosotros este digno orgullo mío, y que él sea el lenitivo que enjugue vuestras lágrimas y ahuyente vuestra pena.

No me duele morir, siendo inocente, lo doloroso sería morir culpable”

 

                                              

 

 José Molina Blázquez (Junio 2009)

 

 

 

 

 

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