Quemar las naves

 

Index Quemar las Naves >   Poemario > Ilustraciones  

Prólogo  por Eduardo Blanco Amor

"Tengo noticias de este Cástor que te presento, desde otro que era mi hermano y de un su hijo del  mismo nombre con el cual éste es el tercero, y por tanto - oh - mi sobrino nieto; todos nacidos en mi obispado y provincia, aunque tempranamente esparcidos por varios mapas, siendo el que suscribe el primer tránsfuga que huyó escaldado de los beneficios habituales en las patrias clasistas, que lo son casi todas, aun no pareciéndolo.

Espero que una sangre tan esparcida en tiempo y espacio no traiga gérmenes de soborno emocional a la hora de juzgar la peste literaria latente o patente que opera en mi casta y familia, y que rebrota ahora con bríos nuevos, instalados no solo en otra geografía, sino en otras zonas del pensar y del sentir mas vigentes y dramáticas del vicio narcisista del "yo" personal o familiar, con sus floripondios y descarríos perdularios. Esta vez se trata del amor al prójimo, al próximo, hombro con hombro, que viene se ser hombre con hombre, en los sucesivos aquí y ahora de este amor, con sus portavoces y repartidores concretos, con sus nombres, apellidos y motes, y con sus goces y sufrimientos sin premios ni castigo ultraterreno,

A éste Cástor lo vi por primera vez aun siendo casi nada: llegando, naturalmente cagón, meón y "ay, que rico" con sus padres, como yo, emigrantes; el padre guerrero a la fuerza, que no quiso quedarse a usufructuar los dones del imperio, y llegaba, aun puteando, a un Montevideo ancho de brazos, rico de corazón, sin tener todos tres (la madre maestra) donde caerse vivos, como todos los emigrantes, que sino, no emigrarían, digo yo...

Lo recupero ahora, veinte años después, un metro ochenta, experto en matemáticas, oficiales y de las otras, en karate, en hazañas líricas, milmañas prodigioso que van desde inventar una clandestina instalación  que rebaja la soberbia de los kilovatios, de arreglador de toda cosa mecánicamente creada y mecánicamente escoñada o construir un auto, que anduvo, con inverosímiles despojos, hasta aclimatar peces casi totalmente producto de la poesía y la electrónica. Con todo ese mundo convirtió un piso donde no cabe casi nada y casi nadie,  allá por los extrarradios madrileños, en un lugar fáustico y extensible como un acordeón de cuatro dimensiones, para albergar, además de los padres recobrados y de los peces inventados, a todo bicho viviente (bípedo) que llegue de los países del Plata con obras que exponer, con trabajo que buscar o con aventuras que vivir.

La primera noticia que tuve de que estaba acometido por la susodicha peste familiar fue la ganancia de un premio internacional uruguayo. "El cartero" relato por lo menos escalofriante (y mas diría si no fuera por el parentesco y su decentísima resistencia a los elogios condicionados), discernido por un tribunal de jóvenes severos, presididos por el gran novelista Onetti.

Bien, en 1973 o así me llegó el sobrinazo. Nos juntamos en la Ciudad. La Ciudad, cuando hablo de España, es para mi Barcelona, sin que nadie piense en separatismos y otros folclores retoricistas o policiales. Legaba, tan empapado, transido, precozmente protagonizado, en carne viva, desde una América en ascuas, que andaba a mi vera por las relucientes calles con en estado de levitación. Lo llevé a ver el gótico nocturno, y como si nada. Lo llevé a conferencias y exposiciones, y como en la luna. Le insinué la natural conveniencia y sanidad de descargarse de la pesantez de la hombría, y mas a sus años y con veinte días de navegación (yo no tenia a mano mas que a las pobres chicas sureñas de la calle Tapias y colindantes), y me miró con violenta amonestación, apenas reprimida por la naciente amistad, como si él fuera el viejo y yo el chico.

Pronto supe el porque de aquellas flotaciones y desasimientos, casi sin hablar. Me sobrevinieron leyendo sus versos y advirtiendo su natural desajuste con el nuevo medio y su inverosimilitud, mas bien sofocante por anodino. No te digo nada de ellos, pues tú vas a leer algunos.

El muchacho llegaba de una inevitable, inacabable y molestisima paz, desde una de las luchas mas bellas y legitimas, a la par que duras y sórdidas, de cuantas ocurrieron en nuestra América, casi todas escamoteadas, robadas, sofocadas, sobornadas y soterradas, bajo los cuajarones de la sangre joven, de la sangre alucinada, derrotada y, pese a todo, incorrupta y vencedora, y no solo salvada en la memoria y el resentimiento creador de los pueblos, sino continuada en los que van naciendo, creciendo en la tercera continuidad de los ensueños y las dialécticas, desertores venturosos del esterilizante "yo" y transfundidos en la responsabilidad del "todos"

Cástor vivió, convivió, la andrajosa, la celeste, la infinitamente tierna epopeya, desde una adolescencia  universitaria. Y no fue que se lo contasen ni que se redujese a "balconearla", como un espectáculo más. Cástor vio sufrir, vio torturar, vio morir cuerpos y almas apenas estrenados, de sus amigos y compañeros y quizás los ayudó con algo más que versos y prosas.

Él muchacho poeta que ya se anunciaba en su libro "Tiempo de guerra" con una posición testimonial y coadyuvante, reelabora y añade en este libro sus vivencias y ahonda en los augurios y en la fe en la continuidad de la vida del hombre, de su dignidad, de su libertad, o sea, de la tan denodadamente apetecida continuidad.

Ahí te quedas con él. Yo me voy muy contento de que, aun queriendo tanto a este joven amigo, no le manché con la alabanza gratuita ni con el baboseo pariental. No te lo adobé, simplemente te lo describí por su querías haceros amigos.

Eduardo Blanco Amor  (Vigo, marzo 1976)

 

 

 

 

 

 

Email