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El
sexo espera a la
paciencia en la otra esquina, la del Edén.
"Cuando
tu sexo cambie de semáforo, un poeta bimanco y letal te recorrerá
en francés y los dos recordaremos la historia con la caña de la
traca entre las
manos"
Hace
dos décadas, Cástor puso fronteras al tiempo con un librito
rojo, un devocionario de la memoria, lacerado por los mandarines
del poder. El asco, la rabia, la tragedia que acogota la vida le
hicieron quemar las naves y se dedicó a emperrarse con los
trampantojos de la vida, entreverándolos con otros libros y
poemas, en esa esquina, harto de prisas e incrédulo ante tantas
historias... ante sus ojos el Edén.
Según
su confesión, hizo recuento a la hora madura de la cuarentena y
como un mirón se sentó a ver el pasado. Como él dice de azul y
miel, digo yo de azul y hiel.
Trasladó
la corriente del deseo a la memoria de la capitulación, porque
para levantarse del fango hay que hacer del sexo una búsqueda
extremista de paroxismos, en una palabra, el ritual del
aniquilamiento por la pasión.
En
estos poemas se describe y engulle el recuerdo para vivir con los
rescoldos de la confesión, para que no se escapen la belleza, el
semen, los aullidos, para que el amor sea por un instante una
grosera y necesaria eternidad.
Las
imágenes se suceden aisladas, turbias en sus significados, dando
como resultado metáforas que aquí se corporeizan como
confesiones, de la mano a la boca, de la palabra a la hiel,
siempre bimanco y letal.
El
deseo es más grande y persistente que el amor porque nace a solas
y nos desbasta con fantasmas "totalitarios", en
arranques donde hablar no tiene sentido, la traducción silenciosa
en soledad de los gritos, la violencia arrasando cualquier
vestigio de normalidad.
Extremista
del cuerpo, porque la vida es una estafa, hace de la hembra en su
sexo la plegaria del nihilista... Mientras se jode, el mundo no
existe.
Cástor
dice que necesita dos vidas: una para amar; la otra para
reconstruir el amor. En la noche y en la urbe, con canciones y
poemas en alcohol. Es lo que es porque lo siente.
Algún
privilegiado, en cambio llegó a escribir con la verga tiesa,
atragantándose con los lirios rosas de fragancias inútiles.
El
paisaje después de la batalla pone las fuerzas en su sitio. Aun a
sabiendas de haber dejado parte de la piel en el combate, no se
reniega de nada. Como dijo el chileno a última hora:
"Confieso que he vivido"
Cuando
la paciencia espera al sexo en la otra esquina, estaremos en el Edén
Hasta
que reviente el cuco.
Paco
Pestana.
(Lugo, 1994) |