Quemar las naves

 

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Canción del exilio

Mi equipaje es nada,
fantasmas, rumores
de aquella ignominia
mis ojos mirad.
El invierno es duro
para los que han muerto,
para los dispersos
no hay tiempo de luz.
Mataron la vida
lejos de vosotros;
tal vez no demasiado lejos,
pero por lo menos pocos,
os habéis enterado.
Podéis seguir danzando.
En la noche hundieron espadas negras,
y en este tiempo
las jóvenes mujeres
parirán huérfanos.
Vengo de muy lejos,
nada he de explicaros.
Vi tantos horrores
con nombre de justicia
que prefiero el silencio.
Las cosas se aprenden
sabiendo mirar.
La historia la escriben
los vencedores.
Pero la verdad,
¿quién la enseñará?
Nuestras cicatrices,
nuestros pies llagados,
y nuestros muñones.
Pero la verdad,
¿quién la enseñará?.
Amamos los pájaros,
quisimos ser amables.
Hasta el llanto nos prohibieron.
A ti puede ocurrirte,
reflexiona antes de gritar.
Y aun así puede valer la pena,
porque a veces
es preciso no dormir
para dormir tranquilos.
Nada de lo que hago
me da derecho a descansar,
pues polen caliente y rojo
nos salpicó
y por azar me he librado.
Por eso, amigo,
no permitas que los niños tiren piedras.
al vagabundo  que se marcha del pueblo
mirando las abejas con melancolía.
Es muy largo el camino
que se aleja del mar,
y muy amargo,
no poder volver la cara.

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