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Te
adoraba, pantera irisada,
aunque me clavases las rodillas,
y pulieras las fresas de mi postre
para gripar el vértice del sexo
y otras inesperadas novedades.
Como
una mártir que evoca entre la hoguera,
recordarás tus gritos de amazona,
tantos como dardos has lanzado
y al tiempo clamas que son ignotas sendas
las viejas rutas exploradas por mis fingers.
Hecho
extraño, pues tengo el pergamino
de la ruta del tesoro hacia tu vientre,
deshilachado de tanto consultarlo,
seda brillante a fuerza de caricias.
El
tono sepia es una luz, es una sombra,
según lo mires, según los ojos secos.
Puedo pintar de risa el precipicio,
entre caminos inundados de sulfuro,
o congelar en lágrima la gota,
que colma el vaso, que inunda la paciencia.
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