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Hay
por aquí enanos desvaídos,
camuflados en sauces de porcelana virgen.
Soy un dios expulsado, sordo y mudo,
del resto de lenguajes nada entiendo.
Por
qué llamar a los que duermen en los parques,
por qué hacer que nos visiten los bomberos,
que el coronel escupa "rompan prendas"
que la tramoya de tu blusa estalle
antes de la función, salvaje, hembra.
No
gracias, gracias por los fuegos,
lloraré en play back la muerte de mis dedos,
rezumo en desayuno con chispas oxidadas.
Midiendo en fuentes la trampa de los sueños,
compilo
en trazos oníricos desiertos.
Son
tus rizos centrales quienes marcan,
que todas las niñas de los cuentos
resumidas en ti, Caperucita,
hagan salvaje sexo con el lobo.
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