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Cierras
los ojos mares
mientras te refugias
en la isla acogedora
de mis
brazos.
Y
no sé si es el anuncio
del castigo
de no poder beber en ellos.
O tan solo
la ráfaga que es previa
a disfrutar,
como un sediento peregrino,
del dulce amanecer
de tu mirada tierna
cuando los ojos abras
nuevamente.
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