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Desde
el silencio arribé a tus sueños
evocando un remanso entre los dedos,
y ecos cansinos de cansinos pasos,
por
los bosques otoñales que pintaba.
Desde
la risa fresca fue tu desembarco
como un rumor de tierra que germina,
y dos mejillas tiernas como azúcar,
con la inocencia del pergamino blanco.
Desde
la niebla arribé a tus sueños,
por senderos trillados entre lluvias,
cuando aburridos soplos, falsas brisas,
empujaban
las velas de mi barco.
Desde
los manantiales fue tu desembarco,
irrumpiendo sin espina en los
talleres,
donde el hombre que fui templó pecados,
para
fingir sorpresas en las noches.
Desde
inconclusas fiebres arribé a tus sueños,
portando un manto de recuerdos blanquecinos
sobre el hombre de búho melancólico,
con
la orfandad de los párpados lejanos.
Desde
un mar de ternura fue tu desembarco,
entre fragantes maderas de sándalo
y rosales,
con andares que envidian las panteras azules,
y
un lunar en tu rostro que en si ya es una trampa.
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