Trópico de Fuego y Terciopelo

 

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Brindis por tu luz de oro 

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Los niños son magos insondables
que pueden afirmar solemnemente
que tal recuerdo tiene
sabores de naranja,
y saben espantar con su alegría
los corceles negros de la noche.

Los niños son guerreros de azúcar,
que avanzan al compás
de un tambor de hojalata hacia sus luchas
y futuros amables y ácidas batallas.

Nosotros en cambio entretejemos
telarañas de gramática y palabras
pretendiendo explicar el aroma de una rosa,
la sublime arquitectura de una orquídea,
o reducir a ecuaciones congeladas,
el anhelado incendio del amor.


Yo levanto mi copa porque siempre
en ti mantengas las antorchas de miel
de tu mejor infancia;
porque por siempre iluminen
jardines y cipreses;
porque por siempre brille la armadura
al rielar de las lunas de todos los inviernos.

Reconozco que hay un poco de egoismo en mi brindis,
reconozco que en el fondo sueño
como el gato de Alicia, el transparente gato,
con que alguna vez la condición de niño
y por tanto soñador de ebrios senderos,
aunque pasen los siglos, me permita
reposar alguna vez de las tormentas
al mirar el tono cristalino de tu alma. 

 

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